martes, 21 de febrero de 2012

El pozo y la rutina del péndulo


Adentro del pozo había un triangulito. Era de plástico, del color del metal. Pero era un triangulito. Lo vió y lo pensó un rato, toda la tarde lo pensó. Al otro día, después de la maniobra de separación lo llamó al compañero de laburo en un momento de paz, cuando el equipo lo había dejado dar un par de vueltas para despejarse la cabeza de tanto ruido en la medición y tanta bomba que no dejaba de ensordecer. El compañero primero no quiso ver, después quiso mirar pero no vió, después vió pero no reconoció. Al cuarto intento dijo "sí! es cierto! es el vidrio de la linterna". Él enseguida entendió toda la imagen, pudo completar el puzzle desde el principio, porque tenía el final solamente, el final y alguna que otra leyenda urbana en el medio, de esas que se escuchan como al pasar pero quedan en el olvido. Pero esta vez la tumba de Tutankamon había caido en sus manos, la había encontrado en el fondo de un crióstato desarmado: imán por un lado, camisas aislantes por el otro, el papel que las envuelve en una bolsa, el recipiente para todo eso en la pieza de al lado. Fué ahi cuando pudo armar la historia en reversa, como una pelicula muda que, en blanco y negro, permite adivinar los colores a partir de las sonrisas de los protagonistas y las caidas y golpes que el malo recibe. Un memento surgido del rescate de frases caidas entre risas, cervezas, secadores de pelo (o diablos rojo), trozos de indio (y no indios a trozos), idiomas varios y poca gente, la misma poca gente de todos los días haciendo exactamente lo mismo de todos los días, una y otra vez.

Sin decir nada buscó algo con qué rescatarla, la rescató. Buscó el resto de la linterna (que andaba, claro, pero sin su vidrio puesto desde antes de que él supiera de su existencia faraónica) y la completó. Entonces, la mostró. La mostró primero a su compañero que al verla se la quitó de las manos y le contó toda la historia que él acababa de descubrir dos segundos antes, como si le explicaran el puzzle que el acababa de terminar. Orgulloso lo dejó salir con su juguete en mano.

Días después recordó todo y volvió a la carga, volvió a adivinar el pensamiento, volvió a apostar por una teoría faraónica a partir de una pequeña tumba enontrada sin saquear. Entonces imaginó la sonrisa del tercero, el dueño de la linterna, al encontrarla completa, e imagino que ese habría sido el momento de lujo del día, lo que habría hecho de ese día un día diferente, y con esa calma a cuestas preguntó cómo había terminado la historia. Su compañero no hizo más que describirle su recuerdo, que describirle su teoría, y cuando la anécdota terminó dejó todo en una extraña sensación de sencillez conformista.

Él para tener un día diferente realmente hacía algo diferente, veía ahora que el hecho de armar una linterna que se había desarmado hacía meses lograba completar el día y pensó 'extraña cosa la rutina, días tan parecidos que el mínimo cambio destaca en fluorescente'. No era raro asi que sea tan difícil convencerlos de, incluso, hablar de temas distintos, casi le daba hasta pena empujarlos a hacer del día un nuevo día (y no el mismo de ayer).


nEgRo


"Ayer
te estuve buscando y no te pude ver.
No, no, no.
Llamé de oido por primera vez,
me detuve en silencio
exciliado de tus besos.

Ayer
mi sombra no se encendió de tu querer.
No, no, no, no, no,
no hubo concierto del cariño aquel
y no pude atar mi cuerpo
a la geografía de tu piel.[...]"

Juan Luis Guerra y 440
"Ayer"
fragmento.


N. del R.: Porque la necesidad de hacer del día uno nuevo es para no morir en ese círculo del que no puedo salir.

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